Octubre rojo: los jóvenes europeos convierten las calles en un campo de batalla político para ganar el futuro
De Madrid a Tirana, pasando por Lisboa, Dublín, Bruselas, París o Roma, las capitales europeas se ven marcadas por un nuevo ciclo de movilizaciones que cuestionan el modelo económico del capitalismo.
El movimiento por el acceso a una vivienda digna y a unos servicios públicos de calidad recorre Europa. Las acampadas que comenzaron en Madrid el pasado 26 de septiembre se han replicado en otras grandes ciudades, como Roma, Lisboa, Oporto o Dublín. También en Bruselas continúan las protestas contra los recortes y las políticas de austeridad. La Policía belga detuvo este sábado a 200 personas que participaron en las movilizaciones. También escala la represión contra los estudiantes en París, donde denuncian el deterioro de la educación pública al tiempo que aumenta el gasto militar. El Gobierno francés anunció este lunes que impondrá toques de queda nocturnos en determinadas zonas de París y en otras ciudades y municipios. Fuera de la UE, pero dentro del continente, Albania lleva una semana imbuida en manifestaciones estudiantiles que piden la dimisión de su primer ministro.
«Es la resonancia que tiene a veces la protesta», explica a Público Nuria Alabao, periodista, investigadora y antropóloga. Indica que todos los estados cuentan con su propia genealogía de movimientos por la vivienda. No es que haya una organización internacional establecida, sino que «ante un repertorio de protesta que se pone en juego, como es el caso de la acampada, se replican». Es por ello que en Oporto unas 300 personas acampan contra el Gobierno conservador de Luís Montenegro, a quien acusan de favorecer los intereses de los propietarios inmobiliarios frente a las necesidades de la población. Este sábado se sumó Lisboa, donde alrededor de un centenar de personas instalaron sus tiendas de campaña para exigir viviendas asequibles.
El sindicato de inquilinas irlandés CATU (Community Action Tennants’ Union) ha convocado movilizaciones para el 14 de noviembre. «Queremos que la chispa que se ha encendido en el Estado español siga creciendo y propagándose», ha expresado la organización en redes sociales. Este sábado llevaron a cabo una manifestación y una posterior asamblea abierta en Dublín junto a Housing Without Borders. El papel central que ocupa la crisis habitacional en la extensión de las protestas revela «la dificultad de acceder a la vivienda y los esfuerzos económicos que comporta», analiza Antonio Gómez Villar, profesor de Filosofía en la Universitat de Barcelona (UB) y autor de libros como Los olvidados. Ficción de un proletariado reaccionario (Bellaterra, 2022) o Un ecologismo del 99% (Herder, 2026).
Una generación sin casa ni futuro
Pero la crisis habitacional también responde a otra cuestión clave, de carácter estructural. «Vivir atravesados por el miedo a perder el suelo desvela una angustia existencial: la experiencia de haber perdido el mundo, de la intemperie vital y de un cierto vacío», señala el filósofo. «No poder acceder a una vivienda, o vivir con el miedo a perderla, tiene dos consecuencias importantes», añade. La primera afecta a cada persona de manera individual, y tiene que ver con la «dificultad para construir una continuidad biográfica». Sin la posibilidad de habitar un hogar permanente y hacerlo propio, se quiebra la creación de sentido del yo. Asimismo, la segunda consecuencia es que «genera una fractura social de orden generacional». No se trata de un enfrentamiento entre generaciones, sino que «da cuenta una pérdida de transmisión histórica».
Para Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y colaboradora de este diario, confluyen varias cuestiones. «Hay un agotamiento social, una frustración generacional y una pérdida de expectativas de futuro». La experta apunta que el relato de la meritocracia y la idea de los estudios superiores como ascensor social han quedado obsoletos. «Lo que están viendo es que nada de esto va a garantizar ni el tener un empleo estable, ni tener una vivienda, ni unas condiciones de vida que sean mejores que aquellas de las que vienen». Coincide con ella Nuria Abalao, quien destaca «la precarización del trabajo» y «el incremento desorbitado de los bienes inmobiliarios» en el desarrollo de esta brecha.
La investigadora y antropóloga también identifica un giro en la sensibilidad de la juventud. «No tienen los valores que han tenido las generaciones precedentes«, comenta. «Después de la covid-19, se presencia que los valores de los jóvenes en relación al trabajo han cambiado». Por ejemplo, «ya no ponen ahí mucho peso o la mayor parte del peso de su vida, sino que quieren tener otro tipo de experiencias vitales, otro tipo de actividades», expone. En este sentido, menciona que también se habla de una «crisis del trabajo«. Esta relación también cambia porque un empleo estable y fijo a jornada completa ha dejado de garantizar la capacidad de acceso a una independencia y al desarrollo de proyectos de vida autónomos.
La clase trabajadora como sujeto político
«La generación que hoy tiene menos de 30 años ha nacido y ha sido socializada por completo en el posfordismo y la precariedad», subraya Gómez Villar. «Pero las otras generaciones ni son todos propietarios ni gozan de pensiones dignas. La precariedad no es lo propio de una generación, sino la categoría estructural de nuestro modo de acumulación capitalista«. Y de hecho, esto está presente en todas las manifestaciones. En el caso de Albania, Francia o Bélgica, las protestas no se concentran en la cuestión de la vivienda, sino en la redistribución de la riqueza y en el deterioro de los servicios públicos.
Ferrero-Turrión recuerda que las movilizaciones en el Estado francés tienen que ver con los presupuestos. «Se está poniendo sobre la mesa la necesidad de hacer recortes en el plano social para dárselo a las inversiones en defensa y seguridad». Alabao pone de relieve que la juventud tiene protagonismo por la coyuntura histórica en la que se ha desarrollado. No obstante, también matiza que las movilizaciones y protestas son propias de los jóvenes porque tienen unas condiciones «privilegiadas» para llevarlas a cabo. En concreto, son estos quienes habitualmente cuentan con más tiempo para la organización social. Pero el discurso que se difunde en los movimientos actuales no es sobre la juventud, sino sobre la clase social. «Estamos debatiendo ahora mismo en las calles cuál es el tipo de modelo de sociedad que queremos construir», indica la profesora de la UCM.
Alejandro Barranquero, investigador de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) especializado en comunicación y movimientos sociales, incide en que las protestas actuales tienen «muy presente la cuestión de clase». Los ciclos de protesta anteriores se caracterizaban por sus lecturas en claves feministas, ecológicas, LGTBIQ+ o raciales. Los discursos actuales ponen el foco en la clase trabajadora, aunque incorporan en su estilo y prácticas elementos de estos movimientos –como el uso del lenguaje inclusivo o garantías de presencia y participación femenina–. El experto indica que el nuevo ciclo está en el proceso de crear «una nueva gramática de lucha«, con sus propios marcos para interpretar la realidad.
Del fantasma del 15M al fantasma del comunismo
Barranquero compara la tesitura actual con la del 15M. Recuerda que entonces la nueva gramática no tenía la cuestión de clase tan presente. Se hablaba de «casta, de los de arriba y los de abajo«, un lenguaje utilizado posteriormente durante el auge de Podemos. Apunta también que las organizaciones tampoco estaban presentes, y que los campistas de 2011 hablaban en nombre de su ciudad o de su barrio. Por el contrario, en esta ocasión han estado muy presentes y de manera explícita organizaciones que han reivindicado su propio programa. Es el caso del Sindicato de Inquilinas, que convocó inicialmente la acampada, pero también de Contracorriente, Anticapitalistas, la Coordinadora Juvenil Socialista o el Sindicato de Estudiantes.
Gómez Villar también hace hincapié en que durante el 15M «se señalaba a un ‘pacto social’ que había sido traicionado por las élites. El lema ‘no es una crisis, es una estafa’ lo resumía bien». El problema en relación con la vivienda tenía que ver sobre todo con las hipotecas. Ahora, en cambio, tiene que ver con los alquileres. «Se muestra un cambio evidente en la composición de clase. Y, además, la certeza del modelo de acumulación capitalista ya no genera ninguna esperanza de futuro», remarca.
«Se están instaurando nuevos marcos discursivos, nuevas maneras de ver la realidad», expresa Barranquero. «El propio concepto de rentismo creo que tiene mucha potencia. Es un concepto muy de clase», valora. A esto se suma que «los partidos sistémicos no han sabido dar respuesta a los problemas materiales«, añade Ferrero-Turrión. Es difícil vaticinar lo que puede suceder, y es que de hecho no se puede descartar ningún escenario. «Si la deslegitimación de los sistemas sigue adelante, podríamos estar en el caso de un momento prerrevolucionario», declara.

