¿Cómo se desmantela un régimen de extrema derecha en Europa?
El nuevo primer ministro húngaro tomará posesión en los próximos días y se mira en el espejo polaco pese a sus inmensas dificultades y promesas incumplidas
Cuando Péter Magyar ganó las elecciones a Viktor Orbán en Hungría el mes pasado, uno de los primeros en llamarlo fue Donald Tusk, primer ministro polaco. “Estoy muy feliz. Creo que incluso más que tú”, le dijo. Pese a las diferencias notables de cada caso, ambos comparten una suerte de destino común. Dos líderes conservadores elegidos para desmontar regímenes iliberales de extrema derecha asentados durante años.
A finales de esta semana —o como tarde principios de la siguiente—, Magyar tomará posesión como primer ministro de Hungría y Polonia le ofrece un espejo en el que mirarse y varias lecciones aprendidas.
El problema en ambos casos es lo que en la literatura de cambio de régimen se denomina “enclaves autoritarios”, es decir, partes del sistema de Gobierno que no se ven afectados por las mayorías parlamentarias: tribunales, medios de comunicación… Cuando estuve cubriendo las elecciones en Hungría, la sensación general era que Magyar lo tendría mucho más difícil que Tusk en Polonia. En sus 16 años de Gobierno (frente a los ocho de PiS —Ley y Justicia—) con supermayoría de dos tercios, Orbán hizo 15 enmiendas constitucionales protegiendo esos “enclaves autoritarios”.
Aunque ese cambio [democrático prometido por Tusk] aún no se ha producido, el primer ministro sigue basando su permanencia en el poder en la advertencia contra el regreso de los populistas de derecha. El problema, sin embargo, es que esto beneficia principalmente a la derecha, sobre todo a su ala más extremista
Krzysztof Katkowski — sociólogo
“El PiS de Polonia estuvo en el poder la mitad de lo que ha estado Fidesz y fue menos estratégico. Tusk es un político experimentado que basa su gobierno sobre partidos reales. Esto no sucede en Hungría”, me decía Carsten Schneider, politólogo y rector de la Central European University. “Otro elemento común de la literatura del cambio de régimen es que aquellos que son buenos derribando un viejo régimen, a menudo no son los mejores para dirigir el nuevo régimen”.
La supermayoría de dos tercios en el Parlamento de la que gozará Magyar le permitirá un amplio margen de maniobra, a diferencia de los equilibrios a los que se ve forzado Tusk. “Lo que no sabemos es cómo se comportará este partido frente al liderazgo de Magyar”, me dice Romain Le Quiniou, director del think tank Euro Créative, profundizando en la idea de la falta de arraigo del partido. Por su parte, el PiS ganó las elecciones, pero Tusk formó una coalición que le garantizó los votos en la Cámara para salir elegido primer ministro.
Además, el papel del presidente en Hungría es mucho menor que en Polonia, donde tiene el poder de vetar legislación nueva. Tanto en Hungría como en Polonia, los presidentes actuales representan en parte los intereses de ese antiguo régimen, pero en Hungría no será un obstáculo. En el caso de la prensa, sin embargo, el caso húngaro es mucho más complejo, ya que el poder del régimen no se limita a los medios públicos, como ocurría en Polonia, sino a prácticamente todos los medios de comunicación del país a través de una extensa red de propiedad privada afín a Viktor Orbán. Magyar ha asegurado que una de sus primeras medidas será suspender los servicios de noticias de los medios públicos. Esto lo anunció en una entrevista en la radio pública.
“Una victoria puede acabar mal”
“El programa anunciado por Péter Magyar equivale a un cambio de régimen, escribió el politólogo Zsolt Kapelner poco después de las elecciones en Hungría, al tiempo que señalaba la falta de planes concretos del nuevo Gobierno. Especialmente en materia socioeconómica, no parecía claro qué iba a cambiar el Partido Tisza, liberal-conservador, tras 16 años bajo el mandato de Viktor Orbán. Nosotros, en la izquierda polaca, hacíamos comentarios irónicos similares cuando la coalición de Donald Tusk llegó al poder en Polonia en 2023, derrocando también a un gobierno populista de derecha”, escribía hace unos días el sociólogo polaco Krzysztof Katkowski en Jacobin.
“Merece la pena recordar ahora la historia de Tusk, aunque solo sea para explicar cómo una victoria así puede acabar mal. Y es que el Gobierno polaco de Tusk lleva ya algún tiempo bajo presión, navegando por las turbulentas aguas tanto de las expectativas nacionales como de la política europea”, señala Katkowski. “Aunque ese cambio [democrático prometido por Tusk] aún no se ha producido, el primer ministro sigue basando su permanencia en el poder en la advertencia contra el regreso de los populistas de derecha. El problema, sin embargo, es que esto beneficia principalmente a la derecha, sobre todo a su ala más extremista”.
Uno de los grandes objetivos de ambos países ha sido descongelar los fondos que la UE había retenido a los dos países por violaciones de los tratados y cuestiones de Estado de derecho. De hecho, miembros del equipo de Magyar han estado en conversaciones con los polacos meses antes incluso de las elecciones para aprender de su experiencia en la liberación del dinero. Tampoco es casualidad que el primer viaje de Magyar tras ganar elecciones haya sido a Bruselas y que su primera visita oficial de Estado anunciada como primer ministro sea a Polonia.
Está por ver las exigencias de Bruselas para descongelar esos fondos. “Dar el dinero antes de que ocurra el cambio es arriesgado. En el caso de Polonia, la UE entregó el dinero y, tres años después, los cambios exigidos en Polonia no han ocurrido”, señala Le Quiniou.
Reformas sociales y el papel de la izquierda
Ante la falta de cumplimiento de Tusk de su programa de 100 medidas, el primer ministro dijo: “Mi partido obtuvo el 31%, así que he cumplido un tercio de lo prometido. Creo que eso es un relato sincero”.
Katkowski señala que tanto Tusk como Magyar han recurrido a mecanismos similares: “Ambos políticos actúan siguiendo una estrategia de movilización negativa, basada en el miedo a la extrema derecha y en la percepción de que es necesario detenerla a toda costa. Se trata de una lógica del ‘mal menor’ que facilita la consolidación de amplias coaliciones electorales ideológicamente heterogéneas”. Recuerdo perfectamente a jóvenes que decían que eran de izquierdas celebrando efusivamente la victoria de Magyar, un líder conservador antiguo aliado de Orbán y miembro de su partido. La caída de Orbán era lo importante.
“Sin embargo, los efectos a largo plazo de esta estrategia son ambivalentes. Puede que resulte eficaz desde el punto de vista electoral al movilizar a los votantes antiautoritarios, pero contribuye a difuminar aún más las diferencias programáticas y a debilitar la articulación política basada en las clases. Los partidos mayoritarios dejan de ser percibidos como representantes de grupos sociales específicos y pasan a funcionar como bloques tecnocráticos que gestionan el conflicto político”, explica el sociólogo polaco.
En este sentido, la ausencia de reformas sociales corre el riesgo de revivir una suerte de nostalgia por la extrema derecha. Tanto Tusk como Magyar son líderes conservadores neoliberales que además, en el caso húngaro, viven una profunda crisis económica, por lo que no se espera, ni mucho menos, una revolución social. En migración, por ejemplo, ambos defienden o apuestan por continuar el camino de las políticas radicales de sus antecesores, con los efectos que eso conlleva y que hemos visto en toda la UE sobre la legitimación de su lenguaje y sus marcos interpretativos.
¿Y la izquierda? En ambos países está extremadamente debilitada, por no decir que en Hungría no tiene ni siquiera un solo escaño en el Parlamento. “La lucha que se está desarrollando actualmente tanto en Polonia como en Hungría puede describirse, utilizando la clásica distinción de Karl Popper, como un conflicto entre las ideas de la sociedad abierta y la sociedad cerrada”, explica Katkowski.
“Un bando está dominado por los liberales, que sostienen que los problemas sociales —así como los derechos de las mujeres o las cuestiones LGBTI— pueden esperar porque la prioridad más importante es luchar contra la derecha. Al mismo tiempo, sin embargo, adoptan parte del lenguaje de la derecha, incluyendo temas como la ‘defensa de las fronteras’ y la necesidad de una mayor militarización. El otro bando está formado por actores de derecha que pueden parecer más sensibles a las cuestiones sociales, pero que siguen siendo radicalmente reaccionarios”, explica el sociólogo. “En ambos casos, estos son ya los discursos hegemónicos y a los que se deben enfrentar tanto la izquierda polaca como la húngara”.
Fuente: ¿Cómo se desmantela un régimen de extrema derecha en Europa?

