Desregular los derechos de las y los trabajadores no salvará a la industria europea, solo agravará la crisis
Culpar a las protecciones laborales por el cierre de fábricas no es política industrial, es evasión disfrazada de reforma.
La base industrial europea se encuentra sometida a una enorme presión. Desde el sector químico hasta el metalúrgico, pasando por el de los componentes automovilísticos, las empresas están reduciendo su producción o cerrando por completo mientras se enfrentan a las mismas presiones estructurales. Sin embargo, en lugar de afrontar estos retos reales de frente, en algunas capitales y círculos empresariales se ha extendido una narrativa preocupante: que los derechos de los trabajadores son el problema y que la desregulación —oculta bajo la bandera de la simplificación— es la solución. Cuando los líderes europeos se reúnan en el castillo de Alden Biesen el 12 de febrero para celebrar una cumbre informal dedicada a la «competitividad», deberían rechazar estas sirenas.
Las recientes propuestas de parte de la industria europea y las organizaciones patronales tienen por objeto dar marcha atrás en la legislación sobre transparencia salarial, derechos de información y consulta, protección de los trabajadores precarios, protección de los aprendices e incluso la mejora del funcionamiento de los comités de empresa europeos. Pero esta agenda evita deliberadamente los problemas reales y corre el riesgo de agravar aún más la crisis.
La agenda de desregulación no da en el clavo en absoluto
Seamos muy claros: ninguna fábrica está cerrando porque los empleados tengan derecho a saber cómo se estructura su salario, porque se deba consultar a los comités de empresa o porque los trabajadores precarios merezcan protecciones básicas.
Esta medida es oportunista y está peligrosamente alejada de la realidad. Las industrias europeas se están derrumbando bajo el peso de unos precios energéticos inasequibles, una demanda débil y un comercio desleal, no porque los aprendices tengan derechos o porque exista transparencia salarial entre hombres y mujeres. Estos derechos hacen que los lugares de trabajo sean más predecibles, más estables y más innovadores. Sin ellos, los trabajadores seguirán perdiendo su parte de los beneficios económicos, mientras que las empresas maximizan sus ganancias.
Una carrera hacia el abismo nos hace más frágiles, no más competitivos. El camino de Europa hacia la competitividad pasa por la inversión estratégica en personas y tecnología, no por reducir los derechos y las normas. La desregulación de los derechos socava la productividad, erosiona las competencias y deja a los trabajadores y las empresas en una situación vulnerable. Acaba con la confianza y fractura nuestras sociedades en un momento en el que necesitamos un sentido de propósito común y respuestas industriales coordinadas.
Consideremos los retos estructurales reales a los que se enfrenta la industria europea y cómo la desregulación no aborda ninguno de ellos.
Los altos precios de la energía son el principal punto de presión para los sectores que consumen mucha energía. Este reto es existencial. Los productores europeos se enfrentan a precios de la energía mucho más altos que en Estados Unidos o en algunas partes de Asia. Por eso las plantas químicas, siderúrgicas y de fertilizantes han reducido su producción o han cerrado, y no porque los trabajadores tengan derechos de consulta. La desregulación laboral no proporcionará la electricidad limpia, barata y abundante que necesitamos urgentemente, ni acelerará la expansión de la red, el despliegue de las energías renovables o la infraestructura de hidrógeno. Europa necesita un plan de aceleración de la energía limpia a escala continental, no un retroceso en las protecciones sociales básicas.
El prolongado período de debilidad de la demanda interna en Europa está lastrando la economía industrial. Cuando los consumidores posponen sus compras y se restringe la inversión pública, las fábricas ralentizan su actividad, independientemente de la flexibilidad o la falta de protección de sus trabajadores.
Reducir la transparencia salarial o debilitar los derechos de consulta no aumentará mágicamente los pedidos. Peor aún, la erosión de las protecciones alimenta la inseguridad, lo que anima a los hogares a ahorrar en lugar de gastar. Es económicamente irracional debilitar los derechos de los trabajadores en un momento en que Europa necesita desesperadamente estimular la demanda interna. Es fundamental impulsar la negociación colectiva y la inversión, incluso en servicios públicos como el cuidado de los niños, la vivienda, la salud, el transporte y la educación, todos los cuales refuerzan la demanda y la competitividad.
Las industrias europeas también se enfrentan a una intensa presión por parte de los enormes excesos de capacidad subvencionados por el Estado en otros lugares, especialmente en los sectores químico, solar, siderúrgico, automovilístico y de las baterías. La reducción de las normas laborales no contrarrestará el dumping internacional ni las distorsiones estructurales de los precios. En cambio, Europa debe centrarse en defender su base industrial e invertir estratégicamente para seguir siendo resistente ante la presión mundial. Necesita instrumentos sólidos de defensa comercial, una estrategia industrial coordinada y un apoyo específico a los sectores estratégicos, no un desmantelamiento de los derechos.
Lo que hace que la actual campaña de desregulación sea especialmente peligrosa es su momento. Justo cuando los trabajadores y los empresarios necesitan más que nunca el diálogo social para afrontar la reestructuración y la descarbonización, algunos grupos de empresarios están tratando de debilitar las herramientas que permiten a las industrias gestionar el cambio de forma responsable.
Esto no es abstracto. Los derechos de información y consulta son fundamentales para una reestructuración ordenada, la anticipación temprana del cambio y la prevención de pérdidas innecesarias de puestos de trabajo. La transparencia salarial es esencial para la equidad y la retención. Las protecciones para los aprendices y los trabajadores precarios favorecen el desarrollo de competencias y la estabilidad de la mano de obra, elementos indispensables en una transición ecológica y digital.
Lo mismo ocurre desde el punto de vista de la competitividad: la desregulación debilita las competencias, erosiona la calidad del empleo y destruye los cimientos mismos del modelo social e industrial europeo. Las normas sociales no son trámites burocráticos, sino la base de la confianza, la seguridad de las inversiones, la productividad y la innovación.
Pero esta campaña de desregulación no es solo un ataque a las protecciones de los trabajadores, es una amenaza directa a la estabilidad democrática. Al debilitar las normas que salvaguardan la equidad y precipitar importantes retrocesos sin un debate adecuado, los responsables políticos corren el riesgo de erosionar la confianza pública. Este vaciamiento de los controles y equilibrios democráticos crea la oportunidad perfecta para las fuerzas de extrema derecha que se alimentan de la ira, la inseguridad y la desilusión. Por lo tanto, es esencial proteger una reglamentación sólida y transparente, no solo para los trabajadores y las comunidades, sino también para salvaguardar la propia democracia.
Una estrategia industrial creíble debe centrarse en lo que importa
En lugar de basarse en el dogma de la desregulación, los gobiernos nacionales deben comprometerse con una estrategia basada en las necesidades reales de la base industrial europea, centrada en la inversión, la competencia leal y unas condiciones sociales sólidas. Las seis demandas prioritarias de IndustriAll Europe recogidas en «Unidos para luchar por buenos empleos» trazan precisamente ese camino:
En primer lugar, Europa necesita una inversión pública y privada coordinada para crear una capacidad industrial ecológica, resiliente y socialmente responsable: la inversión, y no la desregulación, es la clave para restaurar la competitividad.
En segundo lugar, todo el apoyo público, incluida la contratación pública, debe ir acompañado de condiciones sociales y de contenido local para garantizar que la inversión fortalezca los emplazamientos europeos y evite la deslocalización.
En tercer lugar, las herramientas eficaces para salvar puestos de trabajo, como los mecanismos del tipo SURE, son esenciales en mercados volátiles, ya que la seguridad de los trabajadores es un requisito previo para la estabilidad y la planificación a largo plazo.
En cuarto lugar, la transformación industrial debe incluir una planificación concreta, formación y diálogo social: ningún trabajador ni ninguna región deben quedarse atrás en la descarbonización y digitalización de Europa.
En quinto lugar, Europa debe actuar con decisión contra el dumping y el exceso de capacidad mundial, ya que una Europa competitiva requiere unas condiciones de competencia equitativas a nivel mundial, basadas en normas laborales justas.
En sexto lugar, la industria necesita un acceso predecible a una energía limpia y asequible para seguir siendo viable: esta es la piedra angular de la competitividad a largo plazo.
Estas prioridades constituyen la columna vertebral de una estrategia industrial creíble, que refuerza, en lugar de sacrificar, a los trabajadores y las regiones industriales de Europa.
La crisis industrial de Europa es real y exige una acción decisiva. Pero debilitar los derechos de los trabajadores no es una acción, es una evasión. Es un atajo político disfrazado de política industrial.
IndustriAll Europe pide a los líderes de la UE que rechacen los cantos de sirena de ciertos empresarios y vuelvan a centrar su atención en salvar nuestras industrias y nuestros puestos de trabajo. La desregulación es una trampa, mientras que la inversión en personas, tecnología y puestos de trabajo de calidad es la verdadera base de una economía europea competitiva.
Europa no ganará una carrera a la baja. Ganará redoblando lo que siempre ha hecho fuertes a sus industrias: trabajadores cualificados, altos estándares, colaboración social e inversión estratégica. Los trabajadores no merecen menos, y el futuro industrial de Europa depende de ello.

